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Úbeda

Juan Pasquau Guerrero en su despacho


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LA AMISTAD COMO SABIDURÍA

Juan Pasquau Guerrero

en Conferencias. Pronunciado en el acto de la Imposición de la Medalla de Alf


        

Ilmo. Sr. Delegado Provincial del Ministerio de Educación y Ciencia, Ilmo. Sr. Alcalde, Dignísimas Autoridades, Sr. Inspector Jefe Provincial y Sr. Inspector de Zona de la Inspección Técnica de Educación, Sr. Presidente de la Comisión Organizadora de este acto, Sres. miembros de la misma... Rosa..., Juan, Francisco de Asís, Miguel Antonio, Marita, Genara... familiares, compañeros en la profesión docente, amigos todos...

No quisiera que mis palabras pareciesen rituales, porque me salen de lo hondo, de lo más profundo de lo hondo. No sé hasta qué punto se hace visible mi emoción. Sí que -ya se ve- estoy del todo, y "visiblemente emocionado", como dirán los cronistas. Es intensa, efectiva, fuerte. Ya lo comprobáis...

Esto es un auténtico acto de amistad. Infinitas gracias. Diré que esta Cruz de Alfonso X el Sabio y este homenaje, no los merezco. Contestaréis que si, que los merezco. Yo insistiré en réplica y vosotros, amablemente, en vuestro cariño. Pero no forcejeemos, amigos. Lo indudable es que esta congregación afectuosa, es índice de lo grande de vuestra generosidad.

Si no mereciese esta medalla y mereciese la amistad aquí patente, ya sería merecer mucho. Pero temo que mi tamaño no alcance el de vuestra largueza de ánimo. Querido Eduardo Ortega, querido Manuel Fernández Peña, querido Antonio Parra, querido Manuel Fuentes, querido Antonio Vico, que me habéis precedido en el uso de la palabra; me miráis -no podéis negarlo- con lentes de aumento. Recuerdo aquellas láminas que pendían de la clase de Historia Natural de mi Bachillerato, en las que una mosca, ampliada al mil y uno, resultaba casi una ternera o una garduña... Es la amistad quien dilata el mundo que , a veces, parece tan pequeño.

Buen tema para que me permitáis unas palabras.


*** *** ***

Todos somos limitados. Dígase lo que se quiera, es pobre la condición humana. Somos "cañas pensantes", escribía Blas Pascal. Necesitamos los unos de los otros, indefectiblemente. Por eso, aspiramos a la cohesión, a la solidaridad. Pero la solidaridad es poco, es remedio parvo, puesto que sobrepasamos en calidad a los entes físicos. Entonces, necesitamos algo más y mejor. Tendemos al amor. No me gusta la palabra solidaridad. Me gusta decir amor... o amistad.

La amistad es una forma modesta, pero eficientísima y básica del amor. La amistad es el encargo explícito de Dios a los hombres. No creó Dios el mundo por solidaridad, sino por amor. Él es Amor... El amor es ágil y brota y mana no por razones, sino por efusiones. Él nos quiere sin que sepamos por qué. Tampoco la amistad puramente humana obedece a razones tangibles, porque entonces sería interesada y casi no sería tal.

Quien ama, ama porque sí. Quien odia, odia porque no. Esta es la diferencia. El amor dice sí, mientras el odio se empeña en el no. Así es, que esto me explica que me queráis y que me otorguéis estos honores. No hay méritos míos. No tengo que atormentarme rebuscándome virtudes dentro. Tendría que esforzarme y tendrían que ser muchas para ser, así, merecedoras. Para que estuviesen a tono con esto. ¿Por qué este homenaje? Pues no por mí, sino por vosotros . Porque si.

Quizás fue San Agustín, o quizás San Buenaventura, quien dijo que el amor es fuente de conocimiento. "Primus cognitum". Cuando amamos a algo o a alguien es cuando de verdad terminamos de conocer. Así es que queriendo a las cosas es como las entendemos. También a la inversa: conociéndolas, las queremos. Querer para saber y saber para querer.

Los griegos concebían a Dios como el ser infinito, inmóvil, radiante, inagotable. Pero un ser así podía parecer más un astro que otra cosa. Fue precisamente el Cristianismo quien nos trajo el concepto y la efusión del Dios vivo. Si Dios está vivo, no puede rehusar el conocerse... Y un Dios que se conoce y logra su imagen, es un Dios en el que brota la suprema fuerza del Amor.

He ahí la Trinidad. San Agustín nos ha acercado, nos ha puesto en los umbrales del Supremo Misterio. Las Tres Divinas Personas -viene a decir- son como tres aspectos, tres vertientes o tres perspectivas distintas del Único Señor. "Soy quien sabe y quiere": ésta es la óptica, la divina perspectiva del Padre... "Sé que soy y quiero": tal es, en el seno de la intimidad de Dios, la perspectiva del Hijo... "Quiero ser y saber", he ahí la perspectiva del Espíritu Santo.

Por tanto -explica el santo Obispo de Hipona- ser, saber y querer son tres "operaciones" distintas e idénticas en la Unidad de Dios. Por supuesto, San Agustín no aclara el Misterio -no puede entenderse el Misterio-, pero nos aproxima su comprensión. Es que Dios es la Historia del Amor. O el Amor es la Historia de Dios. Perdón. Dios no puede tener Historia porque es Eternidad. No obstante, la dialéctica trinitaria -si cabe hablar así- se resuelve en el Paráclito: arco voltaico diríamos, que del Padre y del Hijo procede.

Y, luego, el Amor así producido, ilumina e inunda el Espacio y el Tiempo. Y eso es la Creación... Si Dios hubiese rehusado el conocerse,nada más hubiesen sido Él y la Nada. Algo absurdo. Precisamente, la Trinidad, en lugar de complicar, hace accesibles las verdades de Dios. Si después el Mundo -creado en virtud del Amor- se avería y se avería el hombre, inventa el Amor, el remedio. Y... el Verbo se hace carne. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Maravillosa, la introducción de San Juan. (Pío Baroja, hombre no religioso, confesaba, sin embargo, que no había encontrado en ninguna literatura de ninguna lengua, nada tan bello, tan sublimemente bello, como el prólogo del Evangelio de San Juan...). No puede, pues, terminar el Amor mientras Él siga conociéndose y queriéndose y ... queriéndonos. Entramos, irremisiblemente, en el mágico círculo divino.

Perdón por estas expresiones que pueden resultar impropias. Pero las palabras -todas- son inadecuadas cuando con ellas aspiramos a decir quién es Él y cómo es El...

Lo sé. Es insólito que yo os hable, aquí, de la Trinidad.En cualquier caso, no he hecho sino traducir brevemente a San Agustín. Esto de interpretar a San Agustín, o a un místico, o a un teólogo, es buenísimo y útil siempre. Hasta es necesario, en estos tiempos en los que se desmitifica a los héroes y se intenta -en ocasiones- desdivinizar a Dios. (Claro que es incluso urgente, aquí y ahora, el saber religioso en su integridad de teología y de amor. No puedo creer en una fe desmedulada. La religión es árbol flotante en la corriente, si se le ha separado de sus raíces).

Yo, al hablar del amor como sabiduría, tenía que aludir a la Fuente. Dije: No basta la solidaridad o la cohesión. Lo imprescindible es la amistad. Eso es ya... cosa de hombres y no de cosas, de entes físicos. Porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.

¡Entonces, a la tarea! Gran empresa,la amistad. Aprendamos a ser y aprendamos a conocer. Y ya, sin otro expediente, surgirá la amistad, la fraternidad de que todo el mundo está hambriento. Pero cuesta trabajo. Cuesta trabajo ser, llegar a ser de verdad, con entidad propia, con persona, con personalidad.(Primero, ojo, con persona y después con personalidad, y no al revés. Porque la gente suele aspirar a ser personalidad, antes de cuajar su persona. Es una pretendida "originalidad" que queda en extravagancia). Cuesta trabajo, insisto, pasar de vilanos que arrastra el viento hasta el logro de esa realización radicada, con raíz, a que somos llamados.

Muere mucha gente sin saber quién es y para qué es. Así no es posible el amor, sino el egoísmo. Lo repetimos todos, en cualquier hora: Nos dejamos llevar por la corriente. Nos mimetizamos. Nos dejamos arrastrar en rebaño. Es que no acertamos a plantarnos, en figura y postura propias. Así nos arrebata y enzarza "el último que llega"...

Cuesta fatiga ser, realizarse en plenitud. Probablemente porque no acometemos la misión de conocernos. "Conócete", amonestaba Sócrates. Y tememos al...espejo. No nos gusta nuestra imagen auténtica y nos fabricamos otra postiza. Vanidad de vanidades. Máscara. Engañamos y nos engañamos. Y,si no nos conocemos, ¿cómo vamos a lograr siquiera un amor propio sano?Si no nos conocemos, nos amamos nada más con el egoísmo, que es arma arrojadiza que nos clavamos en el corazón de nuestra ansia de querer...

Querer, amar, es el secreto. Porque si somos para conocer, eso es todavía poco si no nos proponemos, al par, a imitación de Dios, el amor. No basta "el mundo como representación", que decía Schopenhauer. Llenándonos de conocimientos e ideas, sabemos, pero no somos sabios. Abunda en la formación educacional esto: muchas ideas, muchos ladrillos, mucha acarreada piedra de cantería, pero el edificio sin construir. Mucha encomiable ciencia nos rodea, pero ¿acertamos a instrumentarla? Infinitos datos, pero ¿sabemos tañerlos? Es que hacemos con la Civilización numeroso, inacabable ruido. Y no atinamos a afinar los ruidos en música.

Analizamos, analizamos, analizamos... Representamos, representamos, representamos... Pero no queremos. No queremos, en hondura, nada. Extendemos, derramamos y derrapamos la inteligencia, el talento veloz. Pero la inteligencia que aspira a colonizar las galaxias, no logra condensar, en síntesis, una cosmovisión, una concepción unitaria del mundo. Del mundo que, aunque diverso, es Universo... Esto produce neurosis. Sabemos sin saber ser y sin lograr querer.

No estamos atentos al modelo. No intuimos que ser, saber y querer son cosas formalmente distintas, pero esencialmente idénticas e inseparables. El ateísmo es y existe, precisamente por manquedad: por la manquedad de no saber querer. O por confundir el querer con otras cosas. O por un querer invertido.

El nihilismo es por no saber querer. Nada más el amor -la amistad- consigue un ser sabiendo y queriendo, un saber ser queriendo y un querer ser sabiendo. No es un trabalenguas. Es, en resumen,decir que nos ponemos de espaldas al Espíritu.

Nos situamos de espaldas a Dios y luego nos quejamos de que no lo vemos. ¿Cómo vamos a verlo? El no gira alrededor nuestro. No es nuestro satélite. Si queremos en la noche al sol, hay que mirar hacia dónde sale y, luego, aguardar su levante.

La fe es exactamente eso. Es una postura. Un colocarse para cuando amanezca. También aquí hay una imagen de la Trinidad: fe, esperanza, caridad. Creer, esperando y amando. Esperar, creyendo y amando. Amar, porque esperamos creyendo.

Ojalá, amigos, vosotros y yo, podamos alcanzar, aunque de lejos, tal Sabiduría. Ojalá, vosotros y yo, pretendamos un saber ordenado, organizado, peinado. Ojalá no nos conformemos con contar, porque hay que "operar" luego con lo contado. Ojalá, al ver, comprometamos la mirada.

Porque tenemos ojos y no vemos. Pero, además, lo que quizás es peor, vemos y no miramos. Ojalá sepamos poner color, calor, dibujo, perspectiva, composición y marco al cuadro que pintamos. Porque todos "pintamos" algo en la vida.

Y, "¿usted qué pinta"?, solemos preguntar. Ya que hay vidas que no se comprenden, que no se explican, como Don Quijote no entendía aquellos cuadros de Orbaneja, el pintor de Úbeda, quien tan descabaladamente ejecutaba su obra artística que, cuando pintaba un gallo tenía que poner debajo "esto es gallo".

Ojalá sepamos qué pintamos y para qué pintamos. Preciso es hacer de la vida, de la propia vida, no un chafarrinón, sino un paisaje. Nada más y nada menos que un paisaje donde el alma pueda respirar. Cada uno tiene que ir haciéndose su paisaje, haciéndose su tienda. Pero una tienda en la que también quepa Dios.

Ojalá acertemos con una serenidad capaz de todo esto. El mundo truena. No importa. Seamos un poquito sabios. Pero aún a costa de nuestras propias ignorancias, si fuese preciso. La sabiduría no consiste en saberlo todo. No es apilar lo mucho que creemos conocer, sino colocar bien, jerarquizar lo poco que sabemos.

El sabio está en la antípoda del sabihondo. Yo -y a veces a todos vosotros, a todos ustedes, les habrá sucedido igual- me contristo, me deprimo, en los momentos en que me palpo y me toco. Lleno de piedrecitas de saberes menudos mi pozo. Pero, entonces, desde mi pozo, cegado de conocimientos fragmentados e incompletos, desde mi pozo tapado, digo, no diviso las estrellas. ¡Cuántas veces tendríamos que despejar de cascote, y de mondaduras, y de escorias, y de gangas, nuestra suficiencia pedante, para implorar a Dios, repitiendo, con Tomás de Kempis, aquellas palabras: "Siervos inútiles somos"!

El mundo, sí, amenaza con sus ruidos. Bastaría, como oposición, una delgada música interior. El mundo aturde con su ingente montaña de orgullos y de ciencia sin asimilar. O amenaza con su baile tambaleante de oso. ¿Podremos lograr que ya que baila lo haga al son de un buen pandero?. Los doctrinarismos y materialismos gigantes nos cercan; opongámosles unas cuantas ideas bien construidas, limpias, cuidadas, pulimentadas. Ideas capaces de una apertura, cuando necesario fuere. Pero nunca sospechemos que abrir las ideas es lo mismo que rajarlas. Feísimo espectáculo de ideas rajadas de alto a abajo, de ideas que se han hecho el "harakiri", de éticas suicidas, el que ofrece el momento...

Termino. Esto es un noble espectáculo. Ofrecer y recibir la Cruz de Alfonso el Sabio, que se me concede a propuesta del Delegado Provincial de Educación y Ciencia, y por petición del Cuerpo de Inspectores, y por el cariño de todos vosotros, nos compromete. A ustedes y a mí. Nos compromete a que esta cordial comunión pase de anécdota a categoría. Nos compromete a hacer de esta amistad común una sabiduría.Porque si el mundo sigue adelante, ha de hacerlo por amistad. Y sin ella, todos los sabios sobran.

Pero ser sabio es entender que cada uno está obligado a justificar su existencia y hacer todo lo posible para justificarla con amor. Así, sí se puede y se debe ser un poquito sabio. Y si así no, ¿qué es lo que pinta un sabio?