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EMPEZAR

Juan Pasquau Guerrero

en SAFA. Nº 29. Septiembre y octubre de 1964


        

Realmente, la palabra “empezar” es optimista. Supone un arranque, una decisión. Un refrán, también optimista, asegura que “obra empezada, medio terminada”. Porque seguir es fácil. La inercia, abona, en cada caso, a favor de la continuación. En cambio, el principio, cualquier principio, significa que hemos violentado el natural impulso de la pereza.

El peligro está en que el principio es, en bastantes casos, obligado. Se nos impele con frecuencia al comienzo de muchas cosas. Pero si se inicia algo de mala gana, todo sale mal. Todas las mañanas, el sol sale invitándonos al nuevo día. Hay quienes aceptan con prontitud, con eficacia, con entusiasmo, la jornada que se levanta. Pero están los que se quedan acostados cuando la jornada se erige triunfal sobre las ciudades y los campos. Mal asunto entonces, ¿verdad?

Pues ahí, precisamente, está el quid. En hacer gustosamente lo obligado. En hacer de la necesidad virtud. En empezar de grado, lo que se nos exige de fuerza. En obligarnos a nosotros mismos, antes de que se nos obligue. Es una rara astucia –o una “industria” como escribiría Santa Teresa- que da muy buenos resultados. Nos aguarda –por ejemplo- el curso con un volumen de “Técnica Industrial” así de gordo, o con una “Física” que no se la salta un galgo. Caben, entonces, dos reacciones. La del estudiante que se acobarda ante la perspectiva y permanece en el umbral del texto –en la dedicatoria sin atreverse a más- y la del que, juvenil y confianzudo, dice para su caletre: “Ahí me las den todas...”. La del que se inhibe y la del que se decide a empezar, a penetrar con buen pie en la selva en que no se acechan ciertamente panteras o tigres, pero sí aguardan –entre las páginas impresas- fórmulas, definiciones, citas y postulados dispuestos al asalto.

Abre, joven amigo, con optimismo tu libro de texto. No empieces con miedo. No digas: “Esto es mucho para mí”. ¿Dices eso cuando te llenan hasta el borde una copa de coñac? No lo dices nunca –aunque sepas que la copa te va a sentar mal- porque eres todo un hombre. Pues acomete con igual optimismo al curso que empieza y al libro de texto colmado de enseñanzas que se te brinda. ¡Podrás con él aunque se te indigeste los primeros días! Podrás con él, aunque tengas que tomar, para suavizar sus efectos, no sé qué especie de bicarbonato... Un alumno de quinto de Magisterio, me decía el año pasado:

- Mire Vd.; yo siempre que me he puesto a traducir un texto de Cicerón me tomo a continuación un número de “La Codorniz”. Así, para el día siguiente, mis “tragaderas” están en forma.

Buen sistema, ciertamente. El latín, y la química y las matemáticas y hasta la misma Pedagogía –tan desértica a veces- “pasan” bien con los digestónicos. Pero hay que embucharlas. Y hay que metérselas “entre pecho y espalda” con valentía. Si no, estamos perdidos. No valen dengues. No sirve decir: “Esto me lo aprendo, y esto no”. Urge empezar el curso con buen estómago, dispuesto a lo que salga...

Porque vendrán profesores de todas clases. Y cada uno creerá que su asignatura es la más conveniente para nuestra formación. Y habrá que apechugar con todas las asignaturas, vengan o no con salsilla, estén o no duras de roer.

Te lo aconsejo, joven. Al empezar el curso debes formularte este propósito valiente: debes decir: “Piedra que me den, piedra que digiero”. Y así verás cómo a los quince días de curso apenas, las “piedras” docentes se asemejan a los muslos de pollo... O, por lo menos, a las espinacas.

Todo es empezar.