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LAS IDEAS

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 12 de diciembre de 1974


        

Las ideas son peligrosas; pero sobre todo para quien no las tiene. El hombre que no las tiene, experi­mentará que la primera que le viene se le subirá a la cabeza como un vaso de vino fuerte.
(G.K. Chesterton)


También alguien dijo que ser ignorante es cuestión de acostumbrarse, como aquel hombre que se excusaba di­ciendo que él no iba a misa pero que nada más era por cos­tumbre. Hay quien se habitúa a inmovilizarse en su gramá­tica parda, en su iletrada astucia, en sus cuatro verdades (que a lo mejor no son tres sino dos y que a lo mejor no son verdades) y a todo replica: «Pues a mí que no me ha­blen de...». Son hombres peligrosos. Creen estar de vuelta de todo y consideran estorbos y complicaciones a las ideas. Porque la ignorancia tiene también sus presumidos, sus pedantes. Todos ustedes conocen a alguna persona de esas, a las que, de otra parte, no les suela ir mal en la vida. Por lo general acertaron con el intríngulis del ganar dinero —que naturalmente, eso sí, requiere una técnica, una pe­dagogía e incluso una especialización— y ya, con el dinero en el bolsillo, ¿para qué les van a venir a ellos con ideas? Así es que hasta son inteligentes muchos de esos ignoran­tes y, entonces, emplean toda su inteligencia en intentar demostrar que el estudio o la lectura prolongada, además de emblandecer el ánimo, nos desvían de toda empresa útil. Luego encuentran curioso y hasta se ríen por sus adentros, el espectáculo de una exposición de arte y casi no conciben que pueda haber poetas convencidos. Y como no les cabe en la chinostra que haya hombres que disfruten ante una portada romántica, con un capítulo de Dickens o Balzac, con una sinfonía de Beethoven, o... con un descu­brimiento de la Bioquímica, pues ahí los tienen ustedes co­mentando las chaladuras de pintores, historiadores, mate­máticos y filósofos y poniendo verdes a los «intelectua­les». Cuando yo publiqué mi primer artículo en prensa nacional, alguien se me acercó en actitud un poco casi re­verencial y, en seguida, me preguntó cuánto me daban —cuánto me pagaban, quería decir— por cada artículo. Cuando le dije la insignificante cantidad que por un artí­culo de periódico se paga, aquel individuo me volvió la es­palda y creo que, desde entonces, cuando nos encontra­mos, si me saluda lo hace con lástima. El «tanto eres cuan­to tienes» es casi un dogma en ciertas latitudes sociales. Con la salvedad de que el «tienes» alude siempre nada más al dinero o a la hacienda.

Todo esto, al fin y al cabo, es natural e incluso uno siente cierto respeto —nunca resentimiento— ante esos ig­norantes inteligentes que, sin ambages, sin equívocos, jue­gan la carta de quedarse con «lo práctico», en detrimento de lo sabio o de lo bello. Ya que —seamos justos, seamos equitativos— también están los hombres peligrosos de la banda contraria. A los «beatos de la cultura» me refiero. A los que no encuentran un ratico para la conversación co­rriente y moliente. A los que dicen que no soportan ni un sólo programa de la televisión porque, según ellos, el auténtico programa televisivo, al menos en España, está por inventar. A los que tienen siempre a Shakespeare, a Rembrand, a Picasso, a Aristóteles o a Camus, a flor de labio. A todos los «eruditos a la violeta» en fin que se acongojan de muerte cuando se enteran de que —por ejemplo— Ágata Christie tiene más lectores que Dostoievski.

Unos y otros, los ignorantes que van siempre a lo práctico y los beatos culturales, que caminan sin cesar hacia lo sublime y se quedan con frecuencia en lo ridículo, son peligrosos por pedantes, por presumidores de una ig­norancia —que sería buena si se aliara con la sencillez y no con la suficiencia—, o de una cultura, que también sería excelente si tendiera más a la auténtica sabiduría que al exhibitorioalardede conocimientos o de sensibilidad de pa­cotilla. Unos y otros son peligrosos —repito—, aquéllos por falta de ideas y éstos por exceso mal digerido. Unos tienen obeso el espíritu, otros adolecen de una especie de impudicia con las carnes de sus aficiones líricas, científi­cas, sociológicas, etcétera, siempre al descubierto.

Pero quizás hay una especie más peligrosa aún. La de quienes, habiendo abominado a lo largo de su vida de las ideas y de la cultura, dan un buen día en beberse de un trago —sin preparación y sin descanso— esta o aquella «teoría», este o aquel autor, aquella o esta afición de tipo intelectual. Se les sube el vino a la cabeza. Se tambalean. Se les fija la idea —que ellos en seguida sin confrontación alguna convierten en «ideal»— en la mente. Se entusias­man con su «mentalización» y de la noche a la mañana programan la transformación del mundo entero a base de la reciente adquisición, del «fichaje» sensacional que, sú­bitamente, dirige el juego y digiere el jugo de su cerebro. Así es como generalmente, aflora el fanático al mundo del pensamiento. Claro: el fanático piensa sin pensamiento, en monocultivo ideológico, con pasión y sin razón, orgulloso, estúpido y avasallante.

Ante esta clase —creo que afortunadamente reducida por ahora— de personas, se sospecha que menos perni­cioso es el analfabetismo que la cultura de una letra sola. Y que más provecho puede implicar para la sociedad el ig­norante que el fanático: el obeso de una sola idea. ¡Líbre­nos Dios de la flauta de Bartolo!