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EL OLIVAR

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Jaén. 15 de diciembre de 1949


        

El olivo, naturalmente, no es el almendro. El almendro es el árbol de vanguardia, con una prédica de ilusiones en flor, insuflado de un mensaje blanco de alacridad, al tiempo que todavía el invierno —denostador y torvo— cierne su amenaza. Cuando florece el primer almendro es que se ha recibido el telegrama de la primavera anun­ciando su llegada...

Pero la gracia del olivo es menos mórbida: su mensaje es en prosa. Diríase que viene escrito en tipo elzeviriano, sin fiorituras, ajeno al alarde o a la pirueta. Y siempre con los mismos, idénticos caracteres.

Uno, que es barroco por naturaleza, puede decir en presencia del campo de olivos: ¡Qué monotonía, Señor! El mismo color verde polvoriento, para todas las estacio­nes del año. Olivos, olivos, olivos..., todos achaparrados, sin ansias verticales de altura, uniformados y perennes; filas interminables, monocordes, como tetrástrofos monorrimos del poema informe de los campos, como alejandri­nos de un mester añejo y pardo. ¿Es que no tienen los olivos un vestido de desposorios? Y, ¿han estrangulado, como si se tratara de una tentación de Satanás, el brote de sus flores incipientes? Y su alegría, ¿de qué extraña especie es? ¿Por qué el mismo mutismo, indiferente, cuando el buen año supera la cosecha y cuando la fatali­dad adversa esquilma la dádiva de las redondas, tácitas aceitunas? Porque también el mundo vegetal, ante la po­breza, reacciona con la palidez y el desaliento; también se nota el hambre de los campos famélicos. En cambio del olivo, no; para sus ramas que no sienten el estímulo vivificante de la juventud, no existe tampoco el temible achaque de la vejez. Nada alegra al olivo; nada le entris­tece. San Ignacio de Loyola debió de ponerle como sím­bolo en su invitación a la santa indiferencia. Yo quiero imaginarme que uno de estos olivos perennes, antañones, inmutables, va a escribir cualquier día de primavera un terrible poema irónico, sarcástico, para recitar en plena euforia germinal, en un teatro jubiloso de flores, aromas y trinos. ¿Se titularía ese poema: «Las hojas amarillas... fueros verdes»? Sí; indudablemente estos olivos vetustos, junto a aquel retorcido olivo sarcástico, guardan un gesto fulmíneo para cuando el renacimiento llegue: serán los Savonarolas de la primavera.

Uno que es barroco por naturaleza, experimenta, así al principio, en el olivar una sensación de achatamiento. Pero, si uno es barroco por naturaleza, por gracia uno aspira a ser clásico. Y entonces, uno empieza a ver con otros ojos.

Un rato —cinco minutos— en el olivar, ha bastado para convencernos de la poesía del olivar. No es la suya una poesía epidérmica, como la del almendro; es más bien una poesía interior. Y bien, ¿qué será una poesía de vida interior?

Cuando las cosas —las pasiones, las emociones y las sensaciones— en lugar de hacerse tumulto de agua desbo­cada, corriente, se filtran gota a gota, a través de las capas hombre tiene dispuesto alojamiento para su vida interior; cuando las cosas, en lugar de resbalar con ruido, en silen­ció calan, hay en la concavidad del alma una resonancia azul, sin estridencias, para todo lo que de afuera llega. Entonces la poesía de «vida interior» surge armónica, sin violencias, en una sophrcsyne intelectual que equidista de todos los vértices... Yo, firmemente creo esto: la vorágine barroca, romántica, es el escándalo del agua derrotada, espumeante, que, como ha resbalado, camina dando ala­ridos, campo atraviesa, hacia la carretera (la carretera del mar, claro, es el río). Firmemente creo también que el clasicismo es agua lenta, agua tácita, agua filtrada, hacia el manantial, escondido en las catacumbas de la vida in­terior.

La posesión del olivo, que tan prosaico parecía, en tipo elzeviriano nos envía un mensaje de eternidad. Por eso llega vestida de modestia; la modestia es la virtud de los que no tienen prisa. (La modestia, honradamente, quie­re «llegar; pero llegar a pie. La necedad también quiere llegar; pero como, para ella, llegar a pie, por sus propios medios, es imposible, la necedad se monta en el primer «auto», en la primer «oportunidad» que se le brinda. Y, ya se sabe, el «auto» es un «chantaje» que se hace a la verdad.)

¿No será por todo esto por lo que se consagró el olivo a Minerva, diosa de la Sabiduría?

Iba a terminar el artículo y, de no sé qué rincón, ha surgido un duendecillo objetante. Me ha dicho esto:

—Tan tonto eres, que te has puesto a escribir un ar­tículo sobre el olivo y no has dicho una palabra sobre el aceite. ¿No te das cuenta, infeliz, de que lo único intere­sante del olivo es el aceite? Se conoce que no es tuyo el olivar, en que lo comparas con una estrofa de la «quaderna vía»... ¡Valiente ocurrencia esa de llamar tetrástrofos monorrimos a las filas de olivos! Y si no, para demostrar­te que en esto relacionado con los olivos, no sabes ni jota, dime: ¿A cómo está el «cambio»?

(Claro, me ha apabullado el duendecillo. Uno siente el alfilerazo lancinante de la duda. ¿Será verdad que del olivar sólo importa el aceite? ¿Será verdad que, en la Tie­rra, la belleza es nada más que la cascara de la utilidad?)