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IBROS: LO ANTIGUO Y LO VIEJO

Juan Pasquau Guerrero

en Medio sin identificar. Mayo de 1962


        

Ibros, que prende su religiosidad en un fervor mariano —garantía de las mejores victorias del espíritu— tiene también enraizada su alma en la Historia. Estamos en un pueblo antiguo, antiquísimo, no sé si el más antiguo de los pueblos de España... Su muro ciclópeo, sus hallazgos arqueológicos así parecen atestiguarlo. Y esta remota raigambre de Ibros ha impreso en su fisonomía, no un rictus de cansancio, sino una peculiar alacridad jubilosa. Resulta paradógico que los pueblos viejos no sean preci­samente los pueblos antiguos. Yo distingo entre antiguo y viejo, porque la antigüedad es un mérito y la vejez un lastre. Ser viejo es cerrar alrededor de sí mismo todos los horizontes; ser viejo es enquistarse, abroquelarse, solidificarse en prejuicios. Ser antiguo, en cambio, signi­fica para un pueblo abrir el corazón a las sugestivas inci­taciones que soplan del pasado: es respirar la lejanía en un afán de simplitud. La vejez esteriliza, pero la antigüe­dad fecunda. Los pueblos antiguos tienen una especie de seguro vital. Como no dependen de vinculaciones aleato­rias, no terminan de envejecer nunca. Es más: su anti­güedad de siempre, garantía es de su vigencia de cada día. Ahí está, por ejemplo, Cádiz. Y aquí está... Ibros. Aquí está Ibros, uno de los pueblos más antiguos de España, que, lejos de manifestar un cansancio, nos está enseñando a cada momento una ilusión. Aquí Ibros, con su muro ciclópeo, milenario, pero incapaz de ensombrecerse, ajeno a cualquier hastío, con su dinamismo, siempre dispuesto a la nueva siembra y a la nueva cosecha. Aquí está Ibros, robusto tronco ibérico, pujando brotes inéditos en cada período de la historia. Aquí está Ibros, archivando los recuerdos de todos los siglos y estrenando las flores de todas las primaveras.

Ibros, además, está ceñido de una geografía hecha de vivas presencias maravillosas, porque si sus recuerdos pertenecen a la mejor estirpe, su emplazamiento, su loca­lización, responde al más claro sentido de la belleza. Ibros está mimado por la Naturaleza. Diríase que alrededor del mismo ella ha improvisado una eterna caricia verde, que libra a Ibros para siempre de cualquier tentación oscura, de cualquier sequedad de ánimo. El paisaje de Ibros tiene un carácter de apacible amenidad. Su belleza no anonada, no suspende, porque es una belleza en clave de sosiego, pautada de amables encantos, matizada de sonrisas. El paisaje de Ibros predispone a la ironía, al dulce trato, a la comprensión. Porque no está hecho de contrastes, sino de armonías.

Y por eso este pueblo milenario nunca atiesa sus mé­ritos en empaques de necio orgullo. Por eso esta flexibi­lidad de espíritu, esta dúctil y generosa discreción, que se hace patente en el gesto y en la palabra de sus gentes. Pues bien, Ibros, milenario, va a levantar sobre el plinto de su grandeza el sonoro estridor de su canto. Canto de vida inflamado en trémulas lumbres de fe. Que cada gar­ganta aporte su entusiasmo, que cada mujer traiga su belleza, que cada campana recite la balada de su tañer añorante, que colaboren fervores y nostalgias; que los niños tintineen candores de plata; que los viejos percutan bronces solemnes de evocación. Que las plegarias anuden su seda en el lino de la sonrisa. Que el amor de todos, para todos enhebre las almas de los ibreños en cristiana y amante comprensión.